*Tienen que buscar los HIPOTEXTOS que surgen de los siguientes Hipertextos de Los Simpsons.
Esta página es una herramienta educativa de la clase de "Análisis y preparación de textos informativos" que se dicta en el Colegio Santo Tomás de Aquino. Participan de este espacio la Prof. Natalia Parracia y los alumnos de Segundo año.
lunes, 25 de junio de 2012
Intertextualidad, plagio e influencia
Intertextualidad:
Es
una relación creativa que genera un nuevo texto a partir del diálogo con otro
texto anterior.
Plagio:
Imitación consciente de un modelo
sin indicar la fuente de referencia.
- Puede ser temático y
estilístico.
- No existe la creatividad.
Influencia:
-
Imitación inconsciente de un modelo. Generalmente es temática, aunque puede ser
estilística.
-
Si se asume con creatividad puede llegar a ser muy beneficiosa.
Intertextualidad
Se entiende por intertextualidad, en sentido amplio, el conjunto de relaciones que acercan un texto determinado a otros textos de variada procedencia: del mismo autor o más comúnmente de otros, de la misma época o de épocas anteriores.
Tipos de intertextualidad
Paratextualidad es la relación de un texto con otros textos de su periferia textual: títulos, subtítulos, prólogos, imágenes o gráficos.
Intertextualidad propiamente dicha: "toda relación que une un texto B (que llamaré hipertexto) a un texto anterior A (que llamaré hipotexto) o viceversa".
Ejemplos de intertextualidad en Los Simpsons
Análisis del capítulo: "Un galgo llamado Monty".
Veamos los siguientes HIPOTEXTOS
1) "A friend in need", píntura de Cassius Marcellus. Una de las 16 obras de la colección Perros jugando al póquer.
2) La dama y el Vagabundo (The lady and the tramp, filme animado de Disney, 1955).
3) 101 Dálmatas (One Hundred and One Dalmatians o La noche de las narices frías, filme animado de Disney, 1961).
4) La bella y la bestia (Beauty and the Beast, filme animado de Disney, 1991).
Ahora veamos los HIPERTEXTOS
Para ver el capítulo: http://www.lossimpsonsonline.com.ar/capitulos-online/espanol-latino/temporada-6/capitulo-20
lunes, 18 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
Teseo y el Minotauro (mito)
En Creta
reinaba el poderoso Rey Minos. Su capital era célebre en el mundo por el
laberinto, lleno de intrincados corredores, de los cuales era casi imposible
encontrar la salida. En el interior vivía el terrible Minotauro, un monstruo
con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto de los amores de Pasifae, la
esposa de Minos, con un toro que Poseidón, dios de los mares, hizo surgir de
las aguas. En cada novilunio había que sacrificar un hombre al Minotauro, pues
cuando el monstruo no satisfacía su apetito, se precipitaba fuera para sembrar
la muerte y desolación de los habitantes de la comarca.
Dos veces
pagaron los atenienses el trágico tributo. Se acercaban ya el día en que por
tercera vez la nave de velas negras, signo de luto, iba a surcar la mar.
Entones, Teseo, hijo único del rey de Atenas, Egeo, ofreció su vida por la
salvación de la ciudad. El Rey y su hijo convinieron en que si a Teseo le
favorecía la suerte, el navío que los volviera al país enarbolaría velas
blancas.
La prisión en
Creta, donde Teseo y los otros jóvenes fueron alojados como prisioneros lindaba
con el parque por donde las hijas del Rey Minos, Ariadna y Fedra, solían
pasear. Un día el carcelero avisó a Teseo que alguien quería hablarle. Al
salir, el joven se encontró con Ariadna, quien subyugada por la belleza y la
valentía del joven decidió ayudarle a matar al Minotauro a escondidas de su
padre. "Toma este ovillo de hilo y cuando entres en el Laberinto ata el
extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así
tendrás una guía que te permitirá encontrar la salida". Le dio también una
espada mágica.
A la mañana
siguiente, el príncipe fue conducido al Laberinto, tomó el ovillo, ató el
extremo del hilo al muro y fue desenrollándolo, a medida que avanzaba por los
corredores. Tras mucho caminar, penetró en una gran sala y se encontró frente
al temible Minotauro, que bramaba de furor se lanzó contra el joven. El
Minotauro era tan espantoso, que Teseo estuvo a punto de desfallecer, pero
consiguió vencerle con la espada mágica. Le bastó luego seguir el hilo de
Ariadna en sentido inverso y pronto pudo atravesar la puerta de salida.
Teseo salvó su
vida, la de sus compañeros y liberó a su ciudad de tan horrible condena.
Dispuestos ya a reembarcar, Teseo llevó a bordo en secreto a Ariadna y también
a Fedra, quien no quiso abandonar a su hermana mayor. Durante el viaje y tras
una feroz tormenta tuvieron que refugiarse en la isla de Naxos. Vuelta la
calma, emprendieron el retorno. Pero Ariadna no aparecía, la buscaron, la
llamaron, pero fue en vano. Finalmente abandonaron la su búsqueda y se hicieron
a la mar. Habían zarpado cuando Ariadna despertó en el bosque, después de caer
extenuada por el cansancio. De pronto, y rodeada por monumental ceremonia se le
apareció el joven más bello que nunca antes haya visto. Era Dionisios, dios del
vino, quien le ofreció casamiento y hacerla inmortal. La joven aceptó y después
de un viaje triunfal por la Tierra, el dios la llevó a su morada eterna.
En tanto, en
Atenas cundía la tristeza. El anciano Rey iba todos los días a la orilla del
mar, esperando ver a su hijo retornar. Al fin, el barco apareció en el
horizonte. Pero traía las velas negras y el anciano desesperó. Es que Teseo,
abatido por la desaparición de Ariadna había olvidado izar las velas blancas,
signo de su victoria. Loco de dolor, el rey Egeo se arrojó al mar que desde
entonces lleva su nombre. Pasó el tiempo y los atenienses reunidos en asamblea
ofrecieron la corona a Teseo, quien se casó luego con Fedra y reinó por largos
años.
La casa de Asterión
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III, I
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de
misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su
debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también
es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche
a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará
pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud
y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra.
(Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis
detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula
es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta
cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he
pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me
infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano
abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las
toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba,
huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las
Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano
fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un
hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es
comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no
tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he
retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no
ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y
los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al
carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al
suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un
corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta
ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos
cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha
cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el
que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le
muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la
encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría
la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el
sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso juegos, también he
meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces,
cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un
pesebre; son catorce* los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es
del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar
patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la
calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que
una visión de la noche me reveló que también son catorce* los mares y los
templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo
que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión.
Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me
acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres
para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las
galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos
minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde
cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras.
Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su
muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la
soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo.
Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos.
Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y
menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre?
¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro
apenas se defendió.
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